viernes, 27 de abril de 2012
jueves, 26 de abril de 2012
azucar hechos y mitos
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Agustín López
Munguía
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Al azúcar se le adjudican muchos de los males de la
alimentación moderna. Pero lo dañino no es el azúcar, sino el consumirla en
exceso. La distinción es importante para poder cuidar nuestra salud sin dejar de
disfrutar del dulce encanto de lo dulce.
Los mesoamericanos, legendarios “hombres del maíz”, primero
fueron “hombres del azúcar”, según una hipótesis que el antropólogo Luis Vargas
publicó recientemente en la revista Cuadernos de nutrición. Sabemos que
el maíz rico y nutritivo de hoy es producto de un proceso de domesticación de
una planta bastante menos apetitosa. Para domesticarla, nuestros antepasados
actuaron como criadores, seleccionando para reproducir las plantas con
características deseables a lo largo de muchas
generaciones.
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El proceso de domesticación del maíz aún no está
claro. Reconocemos en el teosinte a su pariente más cercano, pero la
genética moderna ha determinado que el maíz no se cruzó con ninguna otra
gramínea para llegar a su estado actual, sino que simplemente sufrió mutaciones
genéticas (y no muchas) que lo domesticaron.
El teosinte da pocos granos, y son duros, con una
pared tan gruesa que resultan imposibles de digerir para los humanos. Pero la
pregunta clave es: ¿qué llevó a nuestros antepasados a sembrar una y otra vez
una planta que de nada les servía? Luis Vargas propone que sus granos fueron
puestos al descubierto en la búsqueda de los azúcares que están presentes en el
tallo. De hecho, dichos azúcares son la base para la elaboración del
tesguino, o chicha de maíz. Los azúcares se forman en las hojas de
maíz, se almacenan en su tallo y migran al elote sólo cuando la planta ha sido
polinizada. Así, quizá nuestros antepasados obtenían azúcar de una miel extraída
del tallo del maíz primitivo, mucho antes de descubrir las ventajas de dejar que
los granos del elote maduraran y usarlos como alimento.
Este hallazgo, y otras formas de procurarse azúcar
descubiertas por las primeras civilizaciones, fue impulsado sin duda por la
necesidad de energía que tiene nuestro cuerpo, y particularmente por la
necesidad de glucosa del cerebro. Ansiamos azúcar y esto permite suponer que
nuestros problemas actuales con el azúcar no radican en el azúcar mismo, sino en
el consumo excesivo. Las sociedades occidentales modernas han convertido este
gusto ancestral por lo dulce en una dependencia enfermiza.
Un problema de nomenclatura
Cuando un químico dice “azúcar”, se refiere a una
amplia gama de sustancias, no sólo a la que usamos para endulzarnos el café.
Para el químico son ejemplos de azúcares los monosacáridos (o azúcares simples)
glucosa, fructosa (ambas presentes en las frutas o elaboradas industrialmente) y
galactosa, así como los disacáridos sacarosa (nuestro azúcar de mesa, obtenido
de la caña y compuesto de glucosa y fructosa), lactosa (el azúcar de la leche,
compuesto de glucosa y galactosa) y maltosa (obtenida del almidón y compuesta de
dos moléculas de glucosa). Tanta variedad causa confusión en los legos.
La glucosa, la fructosa y la galactosa, por ser
azúcares simples, las asimilamos sin necesidad de que sean procesadas en el
sistema digestivo y por lo tanto pasan rápidamente al torrente sanguíneo. Los
disacáridos requieren ser digeridos ya que las dos moléculas de azúcar están
unidas químicamente: la lactosa de la leche es particularmente difícil de
digerir. Cuando un gran número de moléculas de glucosa están químicamente
unidas, como en el almidón de los cereales o la fructosa en la inulina de las
plantas, para que el azúcar se haga disponible, se requiere de un proceso de
digestión más complejo.
Una forma de clasificar la disponibilidad de
azúcares en los alimentos que se ha puesto de moda (sobre todo en revistas
relacionadas con la dieta) es el llamado índice glicémico (IG). El IG
es una medida de la capacidad de un alimento para elevar la concentración de
glucosa en la sangre y la carga glicérica (CG) está dada por la cantidad que
consumimos de ese alimento. A pesar de su popularidad, los nutriólogos no
aceptan plenamente el IG por ser un parámetro muy variable. Para que la glucosa
pase del torrente sanguíneo al interior de las células y asimilemos el azúcar,
el páncreas debe producir suficiente cantidad de una proteína conocida como
insulina y la cantidad de insulina requerida depende desde luego del tipo y la
cantidad de azúcar que ingerimos, pero también con qué viene acompañado. La
fibra, por ejemplo, actúa como barrera física que retarda la digestión y
absorción del azúcar. Por eso los nutriólogos insisten tanto en incluir en la
dieta frutas, cereales integrales y vegetales en vez de calorías vacías (solo
azúcares), como las botanas, los dulces y los refrescos. Así, los alimentos de
bajo IG contienen azúcares que se asimilan lentamente y por lo mismo tienen un
menor impacto en los niveles de glucosa en la sangre.
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Obesidad: ¿de quién es la culpa?
No hay que satanizar al azúcar, pero tampoco hay que
perder de vista que empezamos el siglo XX (bueno, nuestros abuelos) consumiendo
10 kilogramos de azúcar al año y lo terminamos con 50 kilogramos por terrícola
al año. La culpa es de los chocolates, helados, galletas, caramelos, pasteles,
dulces y refrescos embotellados; en particular estos últimos se consumen en
cantidades espectaculares entre los hombres del maíz, es decir, en México.
No hay pruebas claras de que la epidemia de obesidad
que afecta al mundo moderno esté directamente relacionada con el consumo de
azúcar, pero sí con el exceso. Otros factores son la falta de ejercicio, que
implica la acumulación de la energía de más que se ingiere con la dieta, y la
falta de equilibrio en la alimentación, lo que conlleva desbalances en el
consumo de otros nutrimentos. Finalmente, la obesidad también tiene un
componente genético, como demuestra un estudio publicado en febrero de 2008 en
el American Journal of Clinical Nutrition. Según este estudio, la
obesidad puede atribuirse a factores genéticos hasta en 77%. El estudio se llevó
a cabo siguiendo a 5 092 pares de gemelos y da cuenta de la complejidad del
problema.
En septiembre del 2007, en Chicago, tuvo lugar como
todos los años, la convención nacional de productores estadounidenses de dulces,
en la que se presentaron más de 2 000 nuevos productos. Según un informe, en
2006 llegaron al mercado estadounidense 2 910 nuevos dulces. No es de extrañar
que hoy el azúcar, sustancia necesaria para el organismo, se asocie no sólo con
la obesidad, sino con graves problemas de salud como la diabetes, las caries,
las enfermedades reumáticas, la artritis, los daños en la médula espinal y las
hernias discales, las enfermedades metabólicas, los cálculos renales y la gota,
el estreñimiento, la pancreatitis y muchos padecimientos más; aunque, como
veremos, ésta es sólo una verdad a medias.
Refrescos: el caballo de Troya
En 1926 llegó al país una de las bebidas más
arraigadas en la dieta del mexicano: la Coca-cola. En 2007 los mexicanos
consumimos entre 11 y 12% de la producción mundial de este oscuro refresco. Con
esta bebida, y las otras marcas de refresco de la misma empresa, consumimos más
del 20% del azúcar que produce el país. En promedio cada mexicano consume 160
litros de refresco al año; el promedio mundial es de 77 litros al año por
habitante.
Una lata de refresco de 360 mililitros contiene
entre 40 y 50 gramos de azúcar, lo que implica que para endulzarla habría que
ponerle unas cinco o seis cucharadas cafeteras. Si hoy decides tomar diariamente
una lata de refresco a mediodía sin variar ni tu dieta ni tu actividad física,
al cabo de un año habrás subido casi siete kilos por el exceso de energía
acumulado. Otra forma de verlo es ésta: para caminar un kilómetro y medio un
adulto requiere unas 100 kilocalorías y un refresco aporta 150 kilocalorías, así
que si decides tomar refrescos: ¡a caminar o a engordar!
Se estima que en Estados Unidos casi el 16% de la
energía en la dieta proviene del azúcar. Cerca de 50% de este azúcar proviene de
los refrescos, en cuyo consumo México y Estados Unidos se disputan el récord
mundial.
En un artículo reciente, publicado en la revista
American Journal of Clinical Nutrition, financiado por los Institutos
Nacionales de Salud Pública de Estados Unidos, se establece sin lugar a dudas la
relación entre el exceso en el consumo de refrescos y los problemas de obesidad
del mundo moderno. Los autores señalan que, además del alto contenido de azúcar,
los refrescos no quitan la sed. El artículo revisa trabajos publicados entre
1966 y 2005, incluye 113 referencias y analiza unos 30 reportes de seguimientos
de adolescentes en escuelas a lo largo de hasta un año y de intervención en
primarias para evitar el consumo de refrescos. La evidencia experimental y
epidemiológica indica, pues, que consumir refrescos en exceso conduce a la
obesidad.
Empero, otro estudio publicado en la revista
Nutrition y realizado con niños de entre cinco y siete años de edad no
reveló ninguna relación entre el consumo de refrescos a esa edad y un problema
de obesidad cuando los niños alcanzaron los nueve años. Sin embargo, en estos
casos el consumo podría considerarse como moderado, de acuerdo con los propios
autores, ya que los refrescos sólo contribuían con el 3% del total de energía
consumida por ambos grupos. En un artículo muy reciente del British Medical
Journal se reporta también que consumir dos o más refrescos al día aumenta
en los varones un 85% el riesgo de sufrir de gota.
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Diabetes
Según algunos informes, para el año 2030 el 4.4% de
la población —es decir, unos 366 millones de personas— padecerá diabetes. En
2000 la cifra se ubicaba en 171 millones. El aumento predicho se atribuye
fundamentalmente a cambios en los patrones de consumo y al aumento de la
población de más de 65 años. Hay pruebas que sugieren una asociación entre
consumir azúcar (particularmente refrescos), la obesidad y la diabetes. En un
estudio publicado en septiembre de 2007 en el Journal of Nutrition, se
encuentra que varios marcadores asociados con la resistencia a la insulina se
ven negativamente asociados con el consumo de refrescos, lo que significa un
claro riesgo de contraerla al consumirlos.
La diabetes tipo II (veáse ¿Cómo ves? No.
107) se produce cuando el cuerpo no puede producir insulina o las células no la
reconocen. Entre otros factores, incluido el genético, es probable que esta
enfermedad surja de mantener al páncreas en permanente estimulación para que
produzca insulina a fin de que el cuerpo pueda lidiar con el alto consumo de
azúcar. Por otro lado hay una evidente relación entre azúcar y diabetes, debido
sencillamente a que, como consecuencia de esta enfermedad, se acumula glucosa en
la sangre. Dada esta relación, es natural asociar el consumo de azúcar tanto con
la aparición de la enfermedad como con sus consecuencias: fallas renales,
cataratas y endurecimiento de las arterias. Pese a todo, consumir azúcar no es
suficiente para desarrollar diabetes, e incluso un diabético insulinodependiente
puede tolerarla en su dieta. Los niveles de azúcar en la sangre requeridos para
producir efectos como los mencionados son de tres a cuatro veces los niveles
normales en un individuo saludable, que se ubican entre 0.8 y 1.1 gramos de
glucosa en cada litro de sangre (80 y 110 mg/dL). Todo esto sugiere que, si bien
consumir azúcar no conduce automáticamente a la diabetes, beber refrescos de
manera regular aumenta el riesgo de padecerla. Pero también sugiere que este
riesgo depende igualmente del estilo de vida, la dieta y el peso del individuo,
y sus antecedentes familiares.
Mal de Alzheimer
Tanto la obesidad como la diabetes se han asociado
con el desarrollo de la enfermedad de Alzheimer (veáse ¿Cómo ves? No.
112), por los grupos de investigación que han analizado directamente el efecto
del azúcar en el progreso de esta útima. El Dr. Ling Li y colegas de la
Universidad de Alabama realizaron un estudio con 15 ratones genéticamente
modificados para contraer la enfermedad de Alzheimer en la edad adulta; los
investigadores alimentaron a un grupo de ocho de estos ratones con agua normal y
a un grupo de siete ratones con agua azucarada al 10%, equivalente a que los
ratoncitos se tomaran unos cinco refrescos al día. Después de 25 semanas
encontraron que los ratones que consumían azúcar habían ganado en promedio un
17% de peso más que el grupo control (los que tomaban agua simple), tenían
niveles mayores de colesterol y habían adquirido resistencia a la insulina
(diabetes tipo II). Para acabar con el cuadro, eran peores para el aprendizaje y
la memoria: al analizar sus cerebros encontraron el tipo de agregación de
proteínas característico del Alzheimer, aunque los investigadores no pueden
asegurar si los resultados se deben a la alta ingesta de azúcar o simplemente de
calorías.
Según los críticos, el estudio no es contundente por
el tamaño de la muestra y las pequeñas diferencias entre las dos muestras de
ratones. Esperemos que para los que consumen varios refrescos al día sea
suficiente evidencia para bajarle y hacer ejercicio.
Dientes picados
Fructosa: no es lo mismo pero es igual
Mucha gente llama “fructuosa” a un azúcar que en
todo texto académico se denomina “fructosa”. No entiendo por qué, aunque sin
duda no lo aprendieron en una clase de química orgánica. Si buscas “fructuosa”
en Google, inmediatamente te corrigen: “Ud. quiso decir fructosa”. La
única causa que se me ocurre de este desliz léxico es que se trate de fervientes
católicos devotos de San Fructuoso, Obispo de Tarragona (Google dixit),
que murió en la hoguera en el año 259, y del cual toman su nombre quizás muchos
fructuosos mártires, pero no este azúcar, que es el responsable del dulzor de
muchas frutas, de las que probablemente sí toma el nombre. Esta molécula tiene
el mismo número de átomos de carbono, hidrógeno y oxígeno que la glucosa, pero
distribuidos de manera distinta; es decir, estas dos sustancias son
isómeros. Por lo mismo, la fructosa confiere el mismo número de
calorías por gramo de azúcar. Pero es interesante que la estructura de la
fructosa la haga un 40% más dulce que la sacarosa (el azúcar de caña).
Mediante una transformación enzimática, se puede
obtener del almidón de maíz un jarabe que, si bien se denomina de fructosa o de
alta fructosa (JACF), en realidad es una mezcla que contiene 55% de fructosa y
45% de glucosa, y que constituye el 10% de los endulzantes calóricos que se
consumen en el mundo, fundamentalmente en refrescos embotellados, cereales para
el desayuno y dulces. Hoy en día, los estadounidenses consumen unos 23
kilogramos al año de JACF contra 18 kg/año de sacarosa. En México se está
operando esa transición. Tenemos unos 58 ingenios que producen casi 6.5 millones
de toneladas de azúcar contra sólo dos plantas que fabrican fructosa a partir de
maíz y producen 700 000 toneladas de jarabes de fructosa; una en Guadalajara
(Almidones Mexicanos) y otra en San Juan del Río, Qro. (Arancia). Todo parece
indicar que este año el mercado de los JACF crecerá en México con la apertura
comercial.
La industria —sobre todo la refresquera— usa
indistintamente sacarosa de la caña o JACF, pues en cierta forma son
equivalentes. Y lo son tanto, que esta similitud fue la base científica con la
que México defendió la hipótesis de que los productores estadounidenses estaban
trayendo a México un azúcar (el JACF) “igual” al de caña, pero más barato.
Escribo “igual” para no desatar una controversia: en la sacarosa (un disacárido)
la glucosa y la fructosa están unidas por un enlace covalente, mientras que en
el jarabe están libres, casi en las mismas proporciones. La tesis fue defendida
por Eduardo Bárzana, hoy director de la Facultad de Química de la UNAM, en apoyo
de la Cámara Nacional de la Industria Azucarera y Alcoholera de México, con
diversos argumentos químicos, fisico-químicos y metabólicos, que permitieron al
Congreso en 1998 imponer cuotas compensatorias a la importación de jarabes de
fructosa. Pero éste es uno de los mercados que ha quedado abierto en el 2008 con
la apertura comercial firmada en el Tratado de Libre Comercio. México compró 250
000 toneladas de jarabe de maíz estadounidense en 2006 y 500 000 toneladas en
2007, y las compras deberán ser aún mayores este año.
Sin embargo, los riesgos del exceso de azúcar son
independientes de si es de caña o fructosa de maíz. Aún más, de acuerdo con un
estudio en ratones publicado en 2005, el consumo de fructosa aumenta más el
tejido adiposo que las bebidas embotelladas endulzadas con sacarosa. Aunque si
los JAFC están asociados con la obesidad, no es porque tengan una menor
capacidad para quitar la sed: al menos es lo que concluye un grupo de la
Universidad de Washington, en el número de julio de 2007 del American
Journal of Clinical Nutrition. Este grupo no encontró diferencias entre las
bebidas de cola endulzadas con JACF o con sacarosa.
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¿Hacia dónde?
Ante tal acumulación de evidencia científica (más la
que nos da nuestra propia experiencia), es difícil imaginar cómo es posible que
hasta la fecha no haya una decidida estrategia de salud pública tendiente a
desincentivar el consumo de refrescos. Aumentar los impuestos, tanto a estos
productos como en general a los alimentos de alta carga energética, y evitar la
publicidad bien podría ser una medida, paralela a una campaña de información y
educación del consumidor. La industria y los medios de comunicación deben asumir
un papel de mayor responsabilidad en este sentido, promoviendo una disminución
en el consumo y estableciendo programas escolares y comunitarios que estimulen
la actividad física. Las escuelas deben tener una política restrictiva hacia la
venta de refrescos, a favor de agua, jugos o leche. Dado que existen
distribuidores de bebidas (y botanas) en casi todas las escuelas, una política
contra esa actividad es imperativa; particularmente ante la abusiva limitación
que imponen las empresas refresqueras a la entrada de bebidas competidoras. La
familia debe cuidar que en casa la azucarera no esté al alcance de los niños.
Hay que evitar a toda costa que los “hombres de maíz” nos volvamos “hombres de
azúcar”.
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poemas
MIGUEL ÁNGEL ORTIZ
(1984)
El cuaderno de las
resignaciones
(fragmento)
tal vez otro
día me hubiera puesto a dormir
pero cada
quien sabe cómo se olvida un suplicio
cada uno
sabe como sobrellevar
la máscara
que cae al suelo y se destroza
me ha dolido
el cuerpo de pronto
como si toda
la vejez del mundo se me juntara
no quise ver
el cielo y sus funerales
no escuchar
músicos con sus demonios dentro
me quedé
esperando nada más
a ver si el
tiempo se hundía por sí solo
lúgubre luz
de las resignaciones
rendija de
la pérdida y la salvación
no me dormí
ni apague la lámpara
porque el
mundo debe vivirse con todas sus piedras y abismos
hay un
principio en el calabozo de la noche
pero lo hay
también al quedarse quieto
los ojos
están aquí y en todas partes igual al péndulo
- ese
agujero que se traga a la vida -
unos y
otros
como los
hombres
como las
historias que cuentan al hombre
y que los
hombres cuentan a sus descendientes
no me dormí
ni apagué la lámpara
para decir
que había vivido
| El
corazón delator [Cuento. Texto completo] Edgar Allan Poe | |
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el otro yo :)
Se trataba de un muchacho corriente: en los pantalones se
le formaban rodilleras, leía historietas, hacía ruido cuando comía, se metía los
dedos a la nariz, roncaba en la siesta, se llamaba Armando. Corriente en todo menos en una cosa: tenía Otro Yo.
El Otro Yo usaba cierta poesía en la mirada, se enamoraba de las actrices, mentía cautelosamente, se emocionaba en los atardeceres. Al muchacho le preocupaba mucho su Otro Yo y le hacía sentirse incómodo frente a sus amigos. Por otra parte el Otro Yo era melancólico, y debido a ello, Armando no podía ser tan vulgar como era su deseo.
Una tarde Armando llegó cansado del trabajo, se quitó los zapatos, movió lentamente los dedos de los pies y encendió la radio. En la radio estaba Mozart, pero el muchacho se durmió. Cuando despertó el Otro Yo lloraba con desconsuelo. En el primer momento, el muchacho no supo qué hacer, pero después se rehizo e insultó concienzudamente al Otro Yo. Este no dijo nada, pero a la mañana siguiente se había suicidado.
Al principio la muerte del Otro Yo fue un rudo golpe para el pobre Armando, pero enseguida pensó que ahora sí podría ser enteramente vulgar. Ese pensamiento lo reconfortó.
Sólo llevaba cinco días de luto, cuando salió a la calle con el propósito de lucir su nueva y completa vulgaridad. Desde lejos vio que se acercaban sus amigos. Eso le lleno de felicidad e inmediatamente estalló en risotadas.
Sin embargo, cuando pasaron junto a él, ellos no notaron su presencia. Para peor de males, el muchacho alcanzó a escuchar que comentaban: «Pobre Armando. Y pensar que parecía tan fuerte y saludable».
El muchacho no tuvo más remedio que dejar de reír y, al mismo tiempo, sintió a la altura del esternón un ahogo que se parecía bastante a la nostalgia. Pero no pudo sentir auténtica melancolía, porque toda la melancolía se la había llevado el Otro Yo.
El Otro Yo usaba cierta poesía en la mirada, se enamoraba de las actrices, mentía cautelosamente, se emocionaba en los atardeceres. Al muchacho le preocupaba mucho su Otro Yo y le hacía sentirse incómodo frente a sus amigos. Por otra parte el Otro Yo era melancólico, y debido a ello, Armando no podía ser tan vulgar como era su deseo.
Una tarde Armando llegó cansado del trabajo, se quitó los zapatos, movió lentamente los dedos de los pies y encendió la radio. En la radio estaba Mozart, pero el muchacho se durmió. Cuando despertó el Otro Yo lloraba con desconsuelo. En el primer momento, el muchacho no supo qué hacer, pero después se rehizo e insultó concienzudamente al Otro Yo. Este no dijo nada, pero a la mañana siguiente se había suicidado.
Al principio la muerte del Otro Yo fue un rudo golpe para el pobre Armando, pero enseguida pensó que ahora sí podría ser enteramente vulgar. Ese pensamiento lo reconfortó.
Sólo llevaba cinco días de luto, cuando salió a la calle con el propósito de lucir su nueva y completa vulgaridad. Desde lejos vio que se acercaban sus amigos. Eso le lleno de felicidad e inmediatamente estalló en risotadas.
Sin embargo, cuando pasaron junto a él, ellos no notaron su presencia. Para peor de males, el muchacho alcanzó a escuchar que comentaban: «Pobre Armando. Y pensar que parecía tan fuerte y saludable».
El muchacho no tuvo más remedio que dejar de reír y, al mismo tiempo, sintió a la altura del esternón un ahogo que se parecía bastante a la nostalgia. Pero no pudo sentir auténtica melancolía, porque toda la melancolía se la había llevado el Otro Yo.
FIN
miércoles, 25 de abril de 2012
poemas
A una flor
- Cuando tu broche apenas se entreabría
Para aspirar la dicha y el contento
¿Te doblas ya y cansada y sin aliento,
Te entregas al dolor y a la agonía?
¿No ves, acaso, que esa sombra impía
Que ennegrece el azul del firmamento
Nube es tan sólo que al soplar el viento,
Te dejará de nuevo ver el día?...
¡Resucita y levántate! Aún no llega
La hora de que en el fondo de tu broche
Des cabida al pesar que te doblega.
Injusto para el sol es tu reproche,
Que esa sombra que pasa y que te ciega,
Es una sombra, pero aún no es la noche
¿como seran los libros del futuro
Sumerios y babilonios utilizaban planchas de barro acuñadas con un punzón. Egipcios, griegos y romanos, tiras de papiro enrolladas en un palo de madera, protegidas con tela. Persas y hebreos, pergaminos y pieles secas de animales. Después llegarían los códices, cuadernillos con hojas hechas de fibra de madera, cubiertas de cera, a las que se agregaban hojas de pergamino si era necesario, entre placas de madera que se sujetaban con correas. En la Edad Media las portadas de madera, a veces cubiertas de piel, incluían orfebrería de oro y otros metales, y se aseguraban con botones o candados.
En Oriente se escribía en tablillas de bambú o madera unidas, o tiras de cáñamo y corteza que se envolvían en cilindros de madera para formar rollos, o en forma de acordeón con portadas de papel fino y tela. Más tarde los textos se imprimían con pequeños bloques de madera reutilizables, con caracteres grabados, después con bloques móviles ensamblables, idea que llegaría a Europa. El papel y los tipos móviles de metal revolucionarían con la imprenta la producción de libros, que luego se mecanizó.
Al libro tradicional se han añadido tecnologías informáticas de mayor interacción reunidas en los libros electrónicos, también llamados digitales o e-book, que incluyen al dispositivo usado para leerlos, los e-reader, ya sea una computadora personal, una PDA (Personal Digital Assistant) o el kindle, que se conecta de manera inalámbrica a una red de donde se descargan los contenidos.
Ya sea de papel o digitales, los libros como tales continuarán siendo el gran medio para la transmisión de conocimientos e imaginaciones, pero contendrán cada vez más aplicaciones que ya comienzan a vislumbrarse para los próximos años. Observa algunas posibilidades en este video
En Oriente se escribía en tablillas de bambú o madera unidas, o tiras de cáñamo y corteza que se envolvían en cilindros de madera para formar rollos, o en forma de acordeón con portadas de papel fino y tela. Más tarde los textos se imprimían con pequeños bloques de madera reutilizables, con caracteres grabados, después con bloques móviles ensamblables, idea que llegaría a Europa. El papel y los tipos móviles de metal revolucionarían con la imprenta la producción de libros, que luego se mecanizó.
Al libro tradicional se han añadido tecnologías informáticas de mayor interacción reunidas en los libros electrónicos, también llamados digitales o e-book, que incluyen al dispositivo usado para leerlos, los e-reader, ya sea una computadora personal, una PDA (Personal Digital Assistant) o el kindle, que se conecta de manera inalámbrica a una red de donde se descargan los contenidos.
Ya sea de papel o digitales, los libros como tales continuarán siendo el gran medio para la transmisión de conocimientos e imaginaciones, pero contendrán cada vez más aplicaciones que ya comienzan a vislumbrarse para los próximos años. Observa algunas posibilidades en este video
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